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La Coctelera

mrcomas

Categoría: relato

29 Octubre 2012

Sara y Agar

Capítulo I

Aquella tarde, Sarai (nombre que significa "Dios liberta") se despertó dentro de un baúl cerrado y tuvo que pensar un instante qué había pasado para encontrarse allí. A oscuras palpó las mantas y el cojín que ella misma había metido dentro cuando su marido le obligó a esconderse aquella mañana.

-Hay que ver lo que los hombres nos llegan a exigir -pensó.

Abram temía los conflictos que se organizaban cuando la caravana familiar entraba en un caravasar o se reunía con otra caravana en algún oasis: los hombres desconocidos, guardas o viajeros que la veían, la miraban, la rodeaban, algunos ofrecían dinero para comprarla y se peleaban por obtenerla. Todos hablaban de su belleza y oyó una vez a uno, junto a ella,  decir:

-A su lado todas las mujeres parecen monas.

Menos mal que ella había estudiado idiomas y se podía enterar de casi todo lo que se decía a su alrededor. Así y todo, esto le parecía odioso ¡una exageración! pero cuando alguien sale de viaje -se decía- tiene que prepararse para cualquier sorpresa.

El camello sobre el que se encontraba se detuvo y ella empezó a dar traqueteos dentro de aquel cubilete de dados en el que se había convertido el baúl y comprendió que el animal se arrodillaba y terminaba asentando sus patas traseras en el suelo. Inmediatamente oyó cómo alguien abría la tapa del baúl y vio al camellero ofreciéndole una mano para ayudarle a salir y bajar.

El  sol la deslumbró como era de esperar después de tantas horas de oscuridad. Comenzaban a negrear los montes en el horizonte y las nubes anaranjadas se extendían por toda la bóveda celestial. Las últimas luces del día  iluminaban un valle enorme, sin más límites que los del final de la tierra y también iluminaban la ciudad a la que acababan de llegar. Le pareció una ciudad muy grande, la más grande de las que hubiera visto jamás. Los edificios más altos se encontraban en el centro de todo lo construido y las casitas más bajas frente a una muralla, que tendría la altura de un hombre, separaba y rodeaba el caravasar en el que acababan de entrar. A lo pies del camello ya la esperaba Abram sonriente, al verlo pensó:

-Este hombre no pierde nunca su alegría, cómo Javé le ha dicho "que será padre de pueblos", pues ahí está, tan feliz... y yo tengo el temor de que nuestro Dios se haya equivocado, porque yo ya tengo 50 años, y aquí estoy más fresca que la menta, pero sin hijos y sin un embarazo en toda mi vida.

Abram la abrazó y mirándole a la cara agachándose un poco, le preguntó:

-¿Qué tal tu alojamiento? ¿Te comiste todo lo que te traje? -Sarai respondió:

-Sí, todo, pero a oscuras, hasta que no le daba un bocado a la cosa no me enteraba que era lo que me tenía que traga, ¡anda que!... y el pis... lo peor es que debía hacer pis, menos mal que el pobre camellero ha parado al animalito éste que baila más que un novio el día de su boda, para que yo pudiera bajar a hacer mis necesidades, con razón hemos llegado los últimos de toda la caravana. He dormido todo lo que he podido, pero hay que ver cómo... ¡por favor! no me vuelvas a pedir nunca que me meta en un baúl... ¡ni muerta!

Abram la acompañó hasta unirse con las demás mujeres de la familia y los sirvientes; juntos habían salido muy temprano del último campamento en el desierto y todas la rodearon y le preguntaban por su alojamiento en el baúl y si no tenía dolores por la mala postura que podía haber tenido durante la noche.

Tres guardias del caravasar se acercaron empujándose y preguntando si aquella hermosa mujer estaba en venta (¡lo mismo de siempre!) Abram con su sobrino Lot y otros familiares los espantaban muy disgustados y humillados por el asedio de los guardias, que cuando comprendieron que Sarai era una persona importante en su caravana, aseguraron que tenían la obligación de llevarles al palacio del Faraón. Un camellero, que se les unió en el último campamento, se acercó a instancias de Abram y les fue traduciendo lo que los guardias decían:

-Ustedes son extranjeros y lo único que pueden demostrar con los documentos que enseñan es que son originarios de la tierra de Ur. Nosotros no tenemos competencias para ordenarles nada, el Faraón decidirá qué será de todos ustedes.

Y así hicieron. Nuestra pareja, junto a Lot y la doncella personal de Sarai, fueron conducidos, acompañados por dos soldados al palacio del monarca del gran Egipto, el resto de la caravana, junto con los animales, quedaron en el caravasar.

Los soldados hablaron con la guardia de una puerta lateral del palacio y entraron a una antesala del salón del trono, donde el Faraón hacía justicia, atendía las informaciones que le daba su Primer Ministro y las demandas, que sólo él podía resolver, de sus ciudadanos. De camino a palacio Abram dijo a su esposa en voz baja:

-Delante del Faraón y demás autoridades deberíamos decir que somos hermanos de padre ¡Gracias le sean dadas a nuestro padre Taré, que en gloria esté!  Porque puede que el monarca se enfade al saber que no eres una mujer libre y nos mande matar. -Sarai se encogió de hombros.

En aquella sala permanecieron unas tres horas esperando y, en la espera, Abram y algún otro se quedaron dormidos, de puro aburrimiento y cansancio, sentados en un banco de obra que ocupaba tres paredes de las cuatro que tenía la sala, en la cuarta había dos puertas y por una de ellas habían entrado. Sarai lo observaba todo porque ¡con aquel silencio! ¿qué otra cosa se podía hacer?

Cuando fueron llamados por un ujier del salón de justicia, se levantaron todos y entraron. Se trataba de un gran espacio rectangular que sujetaba el techo con columnas y sus paredes estaban decoradas con figuras humanas y animales, de los que unos iban y otros volvían en estático caminar; La cabecera del salón quedaba señalada por un estrado de mármol rosa, donde en un gran sillón dorado cubierto de cojines, se hallaba sentado el Faraón que los miraba con curiosidad. Varios visires, consejeros y siervos rodeaban al monarca.

-Ninguno de ellos tiene la postura de brazos y piernas como los de los personajes pintados en las paredes -pensó Sarai.

Todos vestían de lino blanco e iban adornados con joyas: collares, pulseras, broches y anillos de oro y pedrería, el Faraón era un hombre delgado y muy moreno, llevaba el pelo largo hasta los hombros, la corona blanca con el cintillo de la cobra sobre su frente, símbolo de su dignidad, el torso desnudo y una falda corta, cruzada y ajustada a sus caderas. En las manos sostenía el báculo y el flagelo, símbolos de su autoridad. Cubría su espalda con una piel de leopardo, que sujetaba uniendo una garra delantera y otra trasera del animal, desde el lado derecho del cuello del monarca a la axila izquierda. Calzaba unas ligeras sandalias de piel de cabra.

En silencio y con la cabeza baja, según les habían aleccionado, se acercaron al trono y se arrodillaron. Eran el centro de atención de todos los cortesanos porque los visitantes ya habían salido. Posiblemente -pesó Abram- el Faraón deseaba hablar con ellos sin testigos.

(continuará)

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15 Octubre 2012

La mujer de Lot.

-Parece mentira, ya llevamos cinco años en esta ciudad... Lot compró las tierras y plantó almendros que crecieron con nuestras niñas. ¡Que hombre tan bueno tengo! ¡tan trabajador, tan buen padre y esposo! ¡con tan buen carácter! Nunca nos faltó de comer siempre tuvimos nuestro pan en la mesa y hortalizas, verduras... ¡anda que no cuida la huerta!... algún huevo de nuestras gallinas... todos los años compra nuestro corderito para la Pascua. -Pensaba la mujer de Lot mientras lavaba.

Es joven todavía, delgada y nervuda. Tiene el cabello  negro y ensortijado, nariz aguileña, grandes ojos muy oscuros y piel suave. Va descalza. De pronto oye un ruido dentro de la casa y se endereza junto al pilón de piedra lleno de agua y ropa. Escucha.

-Mujer, soy yo, sal enseguida, me acompaña un viajero ¡Es urgente, ven!

Ella se seca las manos con un trapo, deja caer la parte inferior de la túnica que había remangado para no mojarla. Cubre su cabeza con una tela que quedó sobre un banco de madera aquella mañana y corre al encuentro de Lot, éste la espera en la cocina a la entrada de la casa; una casa de adobe, no muy pequeña, con una cocina amplia. Lot parece preocupado y otro hombre le acompaña.

-¿Dónde están las niñas? -pregunta el marido.

-En el huerto, ¿qué pasa?

Lot es un hombre todavía joven, alto y fuerte; su cara está tostada por el sol y cubre su cabeza con un turbante liviano.

-Cariño, llama a las niñas porque -ahora te lo explicaré todo- este viajero ha estado recorriendo la ciudad y hablando a todo el mundo en nombre de El Señor. Tú no te lo puedes imaginar porque nunca sales de casa, pero créeme, la gente se reía de él y siguieron burlándose de nosotros según acostumbran en esa vida que llevan disipada, egoísta e impúdica.

-No salgo de casa porque tú no me dejas -respondió la mujer con gesto de cansancio.

-No te dejo por el tipo de gente que nos rodea, pero ahora no es momento de discusiones. A este viajero han estado a punto de violarlo y matarlo, en vista de lo cual,  ofrecí a cambio de sus planes ¡gentuza! a nuestras hijas a fin de salvar la dignidad y la vida de nuestro huésped ¡El Señor nos libre de faltar a su ley de hospitalidad!  Este forastero rehusó mi oferta, de la que se reían, y dijo en voz alta para que todos le oyeran, que el Todopoderoso mandaría a la ciudad un gran cataclismo: fuego, terror y muerte si no volvían a su Ley. Date prisa, ve a por las hijas y salgamos enseguida de la ciudad en su compañía.

-¿Estas en tu juicio esposo? ¿Qué dices? ¿Ofreciste a mis hijas? -se echó las manos a la cabeza- Además, ¿qué me estas diciendo? ¿Abandonarlo todo? ¿Para ir a donde?

El forastero había estado en silencio durante toda la conversación y tomó la palabra:

-Haz caso a tu marido mujer, es cierto todo lo que dice, me envía El Señor para salvaros del horror y la muerte. Sois las únicas personas justas en la ciudad.

Ella lo miró y sintió que el viajero desprendía una gran paz y su rostro emanaba un suave resplandor que inundaba la habitación. Se estremeció. Lo que había escuchado era cierto.

Lot pidió al huésped que se sentara y le ofreció agua fresca en un jarro pequeño de barro.

Volvió la mujer con las muchachas. Las había encontrado en el huerto, como pensó, y venía contándoles las terribles novedades.

-Lot -preguntó la madre- tendremos que llevar algo ¿no?, aunque sea lo más personal y necesario para el viaje. ¿Podemos llevar el asno? ¿Sí? Pues cárgalo con las pieles de ovejas de las camas y cualquier prenda de abrigo que veas: mantos de lana y esas cosas. Niñas tomad estos chales y guardad cada una en el suyo las jofainas, ropa, peines y esas cosas. Yo llevaré cuanto pueda de comida y un cántaro grande de agua en las alforjas del burro. Todos se aplicaron a su tarea.

Al poco el forastero se puso de pie diciendo:

-Daos prisa que el tiempo apremia.

Fuera de la casa se oía la música, los gritos y las risas de la fiesta que los vecinos habían montado en la plaza.

Todos estaban dispuestos y el burro cargado. Lot le echó una tranca grande a la puerta y salió por una ventanita de la parte posterior. Cuando estuvo junto a ellos les dijo:

-¿Llevamos todo lo necesario? -las mujeres asintieron- pues vámonos.

-Un momento -dijo el forastero- una cosa muy, muy importante: saldremos de la ciudad e iremos caminando hacia el lugar elegido para vuestro asentamiento. Durante la marcha, oigáis lo que oigáis, sintáis lo que sintáis, no podéis volver la cabeza atrás, ¿lo oís? ¡No volváis la cabeza atrás! porque el que lo haga quedará paralizado y convertido en estatua de sal. ¿Lo habéis oído?  -asintieron- ¿todos? -volvieron a asentir.

Comenzaron a caminar. Abrían la marcha el Enviado acompañado por Lot y la madre con las muchachas detrás. Ellos en silencio, tal vez preocupados, y las dos hijas haciendo preguntas a la madre sin parar, quitándose la palabra de la boca la una a la otra. Muy alegres porque era la primera vez que salían de su ciudad y de su casa, ya que el padre les prohibía salir por la inseguridad de la calle. Ambas expresaban una gran alegría que compartían con miradas confidentes. Debían llevarse poca edad pues poca era la diferencia de estatura; las dos eran morenas con grandes ojos negros muy expresivos y largos cabellos. Estaban convencidas de que la madre lo sabía todo.

Subían por una suave colina pedregosa, cuando los hombres se pararon  esperando que las mujeres los alcanzaran. Cuando las tuvieron al lado, Lot les dijo:

-Como veis me he controlado para no volver la cabeza, ahora, al llamaros. ¡No se os ocurra a ninguna mirad atrás! ¡Por favor! También os pido que ahora vayáis las tres delante de nosotros para que podamos verlas durante todo el camino ¡Venga, seguid caminando! ¡Todo adelante!

Las tres mujeres continuaron andando seguidas de los hombres. Las chicas muy pegadas a la madre. La madre llena de dudas sobre la suerte de aquel cambio de vida, cabizbaja aguantaba el peso del fardo y el dolor de los pies ocasionado por las pequeñas piedras del camino, pensó en su casa, en el puchero que quedó en la lumbre y en la ropa sin lavar dentro del pilón, recordó a sus gallinas: escaparían en busca de alimento hasta caer en la olla de cualquier vecino. Poco a poco su cara iba llenándose de lágrimas. Pensó en sus almendros:

-¡Llenos de flores, son tan hermosos! ¿Se verán desde donde estamos? Llevamos subiendo un rato, tal vez  se vean todavía.

Paró y volvió la cabeza mirando a lontananza. -No, ya sólo se ve el pueblo, incendiado y cubierto de humo.

Sintió como si un torbellino de aire y luces la arrastrara sin poder evitarlo, girando y girando hasta sentirse cubierta de fríos cristales pegados a todo su cuerpo. Enseguida los cristales fueron sustituyendo su carne y sus huesos, luego el interior de su vientre, de su pecho y al final de su cerebro.

Aquella madre y esposa quedó convertida en estatua de sal con los pies hundidos en el suelo. Nadie jamás conocería su nombre.

M.R. Comas (15-10-2012)

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8 Octubre 2012

EVA

Flaca por un hambre antiguo, quemada por muchos soles, arrugada por vagar durante años por muchos montes de viento y parajes desérticos, Eva, sentada a la orilla del Éufrates, con los pies dentro del río, contemplaba cómo el agua chocaba contra sus tobillos y límpida y ruidosa siguía su recorrido. La serpiente, enroscada y dormida a sus pies, sesteaba tras deglutir alguna rata poco precavida

-¡Fiel compañera! Desde aquel día aciago en el que perdiste tus alas y caiste a tierra, arrastras tu vientre, según el deseo y voluntad del Hacedor. Él sabía cual sería nuestra respuesta a su mandato (¡es omnipotente!), pero no le importó- El Creador dijo con voz fuerte:

-Tomaréis frutos de todos los árboles, pero de éste que está en el centro del Edén, de éste ¡no! Es el árbol del bien y del mal y de él no comeréis- Conocía bien lo que iba a pasar y no le importó. Caimos en tentación y nos expulsó añadiendo: -Tú, Adán, trabajarás con el sudor de tu frente o no comerás. Tú, Eva, parirás a tus hijos con dolor. Y tú, serpiente, te arrastrarás durante toda tu vida.

-A instancias del reptil comí y di a probar al hombre. ¡Era tan baladí lo que nos prohibía! ¿Por qué tan enorme castigo? Hasta su muerte Adán me culpabilizó, pero yo no creí sus palabras. ¿Cómo podía pensar que aquella ley nos acarrearía tanta desgracia? Era muy joven y acababa de llegar a nuestro maravillos jardín.

-¿Por qué pidió Adán al Hacedor una compañera si no la necesitaba? ¡No me valoraba! Muchas veces, cuando se enfadaba conmigo sacaba siempre a colación la expulsión, culpándome de que yo, no sólo había comido contraviniendo la ley, sino que le hice comer a él también. A veces se reía de mí y señalándome decía: -¿Y tú de donde vienes? ¡Te sacó de mi costilla!- La serpiente seguía durmiendo, Eva la miró y le dijo: -¿Por qué se te ocurrió tentarme? ¿Qué mal espíritu entró en tu cuerpo?- El reptil abrió un ojo, la miró y volvió a dormirse.

-Más tarde ¡Caín mató a Abel! ¿Les perseguía aún el Hacedor? ¿Por qué Caín estaba tan celoso? Ofrecía al Creador lo mejor de sus cosechas pero Él prefería las ofrendas de Abel... ¿Le gustaría más la carne que las verduras? Adán decía que El-que-es, no necesita comer ¡Es imposible comprenderlo!

Sintió frío y cruzó los brazos sobre el pecho. El sol estaba bajando y en su ardor teñía de negro las lejanas montañas, el agua seguía su viaje y la serpiente nadaba refrescando su piel. Un perfume intenso de hierbas olorosas se extendía por doquier. Oyó lejanas voces y risas:

-Mis hijos juegan con sus hermanas. Han nacido varios niños: hijos de mis hijas; todos nacieron con el terrible dolor de parto según lo anunciado.

Se puso en pie y comenzó a andar hacia la cueva. La serpiente había salido del agua y reptaba junto a sus pies. Eva pensaba:

-La vida conlleva mucho sufrimiento, incomprensión y soledad, pero aún en el exilio el sol aparece cada mañana haciendo surgir de la oscuridad: montes, árboles, animales, plantas y va pintando de violeta las nubes. Al llegar la noche la luna lo ilumina todo y cuando mengua o desaparece, el negro techo de la noche se llena de pequeñas luces lejanas que me invitan a dar gracias por tanta belleza.

M.R. Comas (Palma de Mallorca: 08/10/2012)

P.D. Cómo véis he cambiado su anterior formato a la de relato. Creo que es lo adecuado.

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16 Septiembre 2011

La lagartija clavada y aun viva.

Llevo aquí clavada tanto tiempo, que ya he perdido el sentido de la realidad, de lo existente y de todo lo que siempre fue mi vida, mis instintos y mi función como ser vivo.

Sé que existo porque pienso, y esto ya me lo repitieron una y mil veces mis mayores. Pero, ¿qué es pensar? ¿simplemente tener entretenida la mente? ¿Pensar en este clavo oxidado que atrapó mi libertad? ¿pensar en estos alimentos que una hermana me trae sin olvidarme ni un solo día, es pensar? ¡Pensar sin un objetivo concreto, sin un acto de mi voluntad! ¡Nada realizo ni nada me confirma!

Cuando pienso que estoy viva sólo sé que vivir es otra cosa. No soy nada, ni siquiera me puedo identificar con mi especie.

M.R. Comas

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23 Agosto 2011

EXTRAÑOS REYES MAGOS

Por aquellos tiempos, años de postguerra, todo nos parecía normal.

Normal para nosotros, que no teníamos que lamentar ningún muerto ni preso en la familia, que no habíamos pasado hambre, que vivíamos casi en el claustro materno y sobre todo que teníamos muy pocos años. El pan amarillo era normal, las colas de abastecimiento, las cartillas de racionamiento, todo era normal. Nuestro padre iba al trabajo cada día, nuestra madre cantaba o escuchaba la radio mientras cosía. Dos mujeres trabajaban para nosotros, Pepa, la cocinera, cuyo marido había muerto internado en un manicomio y que dedicaba su escaso sueldo a la crianza de un hijo de nuestra edad, al cuidado de sus abuelos, y María la de los dos colores; la llamábamos así porque toda su piel repartía la melanina, de forma desordenada, en extensas manchas blancas y marrones, llenando su cabeza de mechones blancos. María lavaba a mano ingentes montones de ropa con agua fría, muy fría en invierno, dentro de una pila de cemento gris, en un cuartucho de la azotea. Restregaba y restregaba, soleaba y volvía a lavar. Mi madre era muy exigente con la blancura de la ropa, todo se lavaba dos veces y a veces se hacía la colada en una cesta de caña con el agua hirviendo y cenizas de carbón de la cocina. Mamá hacía el jabón de la casa con restos de aceite y sosa cáustica, la masa hervía en un lebrillo grande de barro vidriado y luego se vertía en una caja de madera plana, con separaciones que marcaban el tamaño de los tacos de jabón. Quedaban listos al enfriarse y endurecerse. Aquel jabón servía igual para lavar la ropa, para fregar cacharros, o para el baño y el lavado del cabello de la familia. No eran tiempos de lujo y todo aquello parecía normal.

Aquella Navidad mi madre tenía una pierna escayolada, había resbalado con una ramita del romero que trajeron para montar el belén y se la había roto. Aquella funda blanca y dura, sólo dejaba fuera sus dedos, que así vistos resultaban bastante raros, parecía una tortuga de cinco cabezas. Nos dejaba tocarlos, eran suaves y sonrosados, ella reía porque le hacíamos cosquillas.

Para la cena de Navidad, vestida de raso negro, con su pelo formando una corona de la que escapaban ricitos castaños...¡parecía una princesa! Había adornado el bastón en el que se apoyaba, con una serie de lacitos rojos. Nosotras teníamos vestidos nuevos que ella había cosido durante semanas. Mis pelos eran finos y lacios, los de mi hermana castaños y rizados, mucho más bonitos, así que, como siempre que querían verme guapa, rizaron mis cabellos empapándolos en agua y vinagre y enrollándolos en bigudíes de plomo, mechón por mechón; al secarse, se retiraban los bigudíes y aparecían tirabuzones secos y duros que terminaban de peinar dándoles forma con un palito de madera.

Era Navidad, habría pollo para cenar. En el nacimiento, los tres reyes magos aún estaban lejos del portal, cabalgaban en sus camellos, llevados de las bridas por tres pajes, sobre montañas de corteza de alcornoque, nevadas de harina. Cada noche movíamos estas figuras acercándolas al Misterio. La noche del cinco de enero, antes de irnos a dormir, los dejábamos ante el portal, adorando al Niño.

El día de Año Nuevo se escribían las cartas a los Reyes: "Queridos Reyes Magos: Creo que este año me he portado bien, a pesar de que voy al cine todos los domingos con Pepa , ya sabéis que papá tiene un pase y no tenemos que pagar por las entradas. Las monjas dicen que ir al cine es pecado. Los lunes, la Hermana de mi clase manda que nos pongamos en pié las que fuimos al cine en el fin de semana, y a todas las que nos levantamos nos castiga a los últimos bancos durante toda la semana. Yo me paso la vida en los últimos bancos y creo que cumpliendo el castigo se me perdona el pecado. Me peleo poco con mi hermana porque mamá dice que cuando una no quiere dos no riñen y que la más buena es la que cede. Como soy la mayor, me toca ceder a mí siempre. Ya tengo siete años y medio, el muñeco del año pasado está nuevo, lleva sentado en mi cama, junto a mi almohada, desde que lo trajisteis, porque hemos jugado todo el tiempo con el de mi hermana, que ya está destrozado, así que este año no necesitaré otro, por eso os pido que me traigáis una bicicleta, con dos ruedecitas pequeñas, para aprender sin caerme. Me da igual el color. Muchas gracias y muchos besos".

Mi padre era el encargado de llevar las cartas a correos.

Era una noche de ilusión y miedos. La causa del miedo era que aquellos reyes magos entraban por los balcones y ventanas, sigilosamente, y los niños tenían que estar dormidos, si no, tan silenciosamente como habían entrado, se volvían a marchar. Una gran excitación nos impedía dormir, aunque cerrábamos fuertemente los párpados; cuanto más fuerzas hacías, menos probabilidades tenías de dormir. Cualquier ruido de la casa hacía latir el corazón con desenfreno. Pero por alguna razón desconocida, al fin te dormías, y al despertar sabías de inmediato que los reyes habían estado y tu regalo estaría en la sala, junto a tus relucientes zapatos.

¡Oh maravilla!, frente al belén había dos flamantes bicicletas, una roja y otra azul, la roja algo más pequeña sería para mi hermana, así que la azul, ¡era para mí! ¡Que día pasamos! casi enteramente en la Alameda aprendiendo a montar. Aquella bicicleta era increíble, con su color azul metalizado y su timbre. Mi hermana me seguía a timbrazo limpio por donde yo fuese, dando vueltas y vueltas. Y al día siguiente igual, y al otro igual. Aprendimos rápidamente. Al tercer día, al levantarnos pensando que tal vez podríamos montar sin las ruedecitas, mi bicicleta no estaba y la de mi hermana tampoco.

-Mamá, mamá, ¿y las bicicletas?, no están en su sitio.

Nuestra madre tomaba tranquilamente su taza de café, nos miró muy seria y unas extrañas palabras salieron de su boca:

-Los Reyes se han llevado las bicis porque no habéis sido tan buenas como decíais en las cartas, las han cambiado por unos zapatos para cada una y un paquete de caramelos.

La miré con los ojos llenos de lágrimas, pero comprendí que los magos lo saben todo y yo no había sido tan buena como para merecer un regalo así.

M.R. Comas (diciembre - 2009)

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19 Agosto 2011

EL MERCADO

Cuando entro al Mercado Central de mi ciudad, mi primera sensación es la de encontrarme en un ambiente de serios profesionales de la oferta y la demanda de productos selectos, bellos, coloristas, olorosos y de gran importancia para los seres humanos. Se percibe la eficiencia del que vende y del que compra. No hay grandes voces ofertando la mercancía, ni excesivas conversaciones, se habla lo justo, se gesticula lo justo, se sonríe lo justo. El comprador mira reflexivo la mercancía: hermosos montículos de frutas y hortalizas de la temporada, ahora: vistosas sandías cortadas en mitades y en cuartos, recubiertas de un finísimo y transparente film ofrecen su dulce y roja carne sobre el cuenco de su propia corteza junto a los melones de suaves dorados, la mayoría encerrados aún en su oval figura y su monacal color, ciruelas, cerezas, manzanas, plátanos, emplumadas piñas, albaricoques y su amplia variante de hermanamientos con ciruelas y melocotones, manojos de estilizadas zanahorias y tiernos rabanitos, que de la severa tierra extrajeron sus bellos colores, de puerros, cebolletas, acelgas, espinacas, coles redondas como cabezas concienzudas, coliflores con vocación de nubes, distintos tipos de cebollas, artísticos collares de ajos...Toda una promesa de apetitosos olores y sabores en la mesa. El comprador piensa mientras observa qué desea comer ese día, se decide y compra. El vendedor estudia a su cliente mientras espera con una sonrisa. Una abuela con una pequeña de unos dos años, pregunta a la nieta si quiere algo, la chiquilla señala unas cajitas de plástico con cerezas de gran tamaño e intenso color, casi moradas, y antes de que la abuela se pronuncie, la joven que las atiende avisa: "A 13,50 € el kilo" y se encoje de hombros como disculpándose. "Póngame una docena -responde la abuela- las compraremos como si fuesen bombones"

Casi sin anunciarse aparece algún puesto de frutos secos, que por secos han de resultar más sabrosos y dulces, en una variedad inaguantable para la voracidad del que los mira; hasta allí llegan los olores de la panadería con sus tentadores bollos y bizcochos, cerca una tienda de productos dietéticos para los que se cuidan de una forma especial, otra de vinos: acompañante imprescindible para comensales gozosos por el festín. Y aparecen las carnicerías, pollerías, casquerías... muy iluminadas e impecables, nos prometen un abanico casi inagotable de sabores y sustancias para cualquier guiso o asado. Mientras dure su cocción nuestra cocina repartirá sus tentadores olores por el resto de la casa, dejando escapar por la ventana lo que en la casa no quepa. Y muy cerca la charcutería: una veintena de jamones colgados, de distintas procedencias y precios, y otros abiertos para ir sirviendo; y como rey: el de la jamonera, veteado y de intenso perfume con su cuchillo siempre presto y experto para deleite del paladar, presidiendo el expositor que cubren los embutidos: lomos, salchichones, butifarras, sobrasadas y muchos otros. A continuación el reino de los quesos, ¿qué decir de los quesos aquí? Ellos necesitan un capítulo aparte por su variedad, sus formas y sus sabores. Muy cerca el puesto las aceitunas, verdes y negras, y otros encurtidos, dispuestos en lebrillos esmaltados, aliñados con ajos, laurel, romero, hinojo: muy buenos como entremeses, y muy buenos en sí mismo acompañados de un trozo de pan y un vaso de vino tinto.

El pescado exige una nave completa, un gran apéndice del resto del mercado. El mar Mediterráneo, a pesar del mal trato que le damos, sigue siendo generoso con nosotros, cada mañana llena las mesas de piedra de los puestos con relucientes y recién pescados (aún duros y tiesos), peces de muchas especies, desde el sabroso atún rojo y el afamado mero: rapes, merluzas, rayas, sardinas, jureles, caballas, calamares, pulpos, crustáceos, moluscos y un largo etcétera. Es un fantástico espectáculo pasear  por sus cuatro corredores, con los ojos muy abiertos para no perderse ningún ejemplar. Naturales y extranjeros lo visitan a diario. El quinto corredor está dedicado a productos de mar envasados, y aún completan la nave dos puestos de comida japonesa y un bar con alguna mesa para tomarse un vino o una cerveza acompañando a unos calamares tiernos y unos boquerones, o sardinitas, bien fritos y calentitos.

Al llegar a este punto, no puedo dejar de pensar en lo que significa alimentarse, o mejor: "comer", para el hombre. Y como cuando éramos niños y se bendecían los alimentos que íbamos a comer, añadíamos: "y dáselos a quien no los tiene", ahora añado: "que sepamos y trabajemos por una meta: hacer desaparecer el hambre de la tierra". El hambre es una injusticia vergonzosa... ¡asquerosa!

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12 Agosto 2011

JUANITA.

¡Si se pudiera controlar la mente!... porque estos viajes en el tiempo a los que la mente me lleva... ¡hala! al pasado sombrío, ¡hala! de nuevo al presente monótono y repetido. ¡Hala! al mañana incierto: lo desconocido, lo amenazante... y de nuevo a lo cotidiano.

Sentada ante el televisor apagado, se mecía en la butaca de balancín, con los pies descansando sobre el mullido cojín de una banqueta. Acababa de hacer su cama con sábanas limpias y había puesto la lavadora. Había pasado un plumero por los cachivaches que adornaban el aparador, la librería, las mesitas y había regado las plantas, sedientas siempre, de la pequeña terraza.

Lo que toca a continuación es darme una ducha, vestirme (¡tengo tanta ropa!... años y años de costura... ¡Cuánto me entretuvo siempre la costura! con cualquier retal te puedes hacer una falda o una blusita), y ¡a la calle! ¡a desayunar!  Mato unos cuantos pájaros de un tiro: doy un paseo, me tomo un rico café con leche ( lo hacen como a mi me gusta), y mi media rosca de pan con tomate, buen aceite de oliva y ese jamoncito que resucita a un muerto... y en mi bar de siempre, donde todo el mundo me conoce. A la vuelta, hago mis compritas. Siempre falta algo en las casas: leche, o aceite, o algo de fruta y verdura... ¡Ya ves, bonita, en las casas no se para y cada día hay que hacer algo!... Menos mal que pedí la jubilación anticipada, porque ¡entré a trabajar en el Ayuntamiento cuando tenía 15 años y no sabía hacer una O con un canuto!

¡Venga mujer, déjate de monsergas y ponte en marcha!... ¡Es que mi vida!... ¡hay que ver mi vida! ¡La paciencia que había que tener con mi madre, la pobre... ¡nunca estaba satisfecha de nada, siempre quejándose! Desde que nací: Juanita por aquí, Juanita por allá... ¿Hiciste aquello que te dije? ¡Qué tranquila eres mujer, todo lo dejas para mañana! ¿Yo?, ¿dejar las cosas para mañana?, cualquiera dejaba para mañana algo que a ti te interesara, eras capaz de estar recordándolo toda la semana. Aquello de: ¿qué puedo esperar de ti? ¡Menuda vejez me queda que pasar! Y... cuando naciste pensé que después de tres varones una chica me aseguraba los cuidados de mi vejez... llevo treinta años intentando que se te meta en la cabeza que Dios te mandó a esta casa para que tu madre tuviera una vejez sin fatigas, que eras... ¡el báculo para mis achaques!... Mamá cariño, así hasta que te fuiste de este mudo a los noventa y cinco años... ¡toda mi vida igual!... Yo no digo que no me quisieras, pero hija, hacías todo lo posible para amargarme la existencia.

¡Venga! ya no hablo más que me voy a volver loca. Yo a lo mío: mi paseo y mi desayuno... que te lo puedo asegurar Juanita, te lo mereces.

M. R. Comas (Palma: 12-08-2011)

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14 Noviembre 2010

EL DORADO.

Sentada en el borde de la cama y con las manos entrelazadas sobre el regazo, Sahara observa desolada la habitación. Sus pensamientos la atenazan como cada mañana:

-No puedo abrir los postigos de la ventana  desde hace días, con dos cristales rotos, entra un frío afilado como el cuchillo de un matarife. La luz ha de estar encendida desde que me levanto, pues con todo cerrado, la oscuridad de la noche queda dentro y no puede salir. ¡Una bombilla colgando de un asqueroso cable! Abdelcader la sujetó a la pared con una alcayata el primer día, y nunca hemos visto aquella hermosa lámpara que iba a comprar, ¡una mierda de bombilla que da una mierda de luz amarilla! seguro que es la más barata que encontró... ¡El único adorno! Pero, tenemos los rayados negros, rojos y azules en la pared, llegan hasta la altura que alcanza la mano de Sanán con el brazo extendido. Pintar paredes es su entretenimiento preferido... ¿Y las sábanas?, están que dan asco, pero la dichosa lavadora se rompió, ya ni me acuerdo cuando, y maldita las ganas que tengo de lavar sábanas en la pila de fregar los platos o en la bañera vieja y desportillada, ¡termino con un dolor de riñones! La mesa que mi querido marido sacó de la casa de no sé que buen intencionado amigo, no puede estar peor, con las esquinas gastadas dejan ver el conglomerado, ¿y la trona de Sanán?: ¡una mesa de pino, de las que visten y llaman camillas!, sentado en ella ha tomado su vaso de té verde con pan esta mañana porque no llega a la mesa si lo siento en una silla; ¡que mobiliario! una silla desencolada de madera y anea, y otra de oficina  con parte de la goma-espuma del asiento saliendo por cada uno de los cortes de la semi-piel negra, ¡todo de los contenedores de basuras! ¿Y cómo está el suelo?  el linóleo falta por varios lugares. Para qué limpiar si vamos a mudarnos de casa. El dueño tiene vendida la finca y mucha prisa para que nos vayamos, dice que nos encontrará una de bajo alquiler. Las demás familias ya se marcharon hace tiempo, y solo quedamos nosotros.

Hamed, de tres años, juega a dar vueltas a las ruedas de un camión de plástico amarillo sentado en el suelo. A Sanàn, de seis, se lo ha llevado su padre a la escuela como cada mañana.

-Abdelcader andará buscando trabajo allí donde tenga algún conocido. Es un buen hombre, cariñoso con los niños, ¡si no fuese por ese vicio terrible del juego!  El dinero en sus manos es como agua, se le escapa entre los dedos, y al final apenas queda nada para la casa y los niños. Mientras le duró el empleo en el restaurante, el dueño, que es una buena persona, le daba cada día un montón de cosas, queso, fruta, restos de la cocina... pero el trabajo se terminó con la temporada de los turistas, y ahora vuelta a empezar. Abdelcader sabe trabajar bien y es capaz de hacer muchas cosas, es sastre, sabe cocinar, está dispuesto a hacer de peón de lo que salga, pero en Fez no encontraba nada.

De España venían los vecinos por Ramadán, con sus coches cargados de regalos para la familia, hablaban de lo bien que les iba, de lo bien que vivían, pero todo el mundo sabe que nadie quiere contar las cosas malas. Algunos, como Abdelcader, buscaron una esposa y volvieron casados, pero en los seis años que llevamos en España, nada ha resultado como esperábamos.

Sahara mira a su hijo y se le ilumina la cara con una sonrisa.

-¡Hamed!, ¡es tan precioso y tan cariñoso!, ¡sus hermosos ojos siempre sonríen!  Me preocupa mucho que aún no hable y que camine con tanta dificultad. Cuando nació dijeron los médicos que tenía dañado el cerebro y que tal vez no caminaría nunca. ¡Ya ves! Por lo menos en este país tienen un servicio de médicos y estimulación gratuitos.

También acudí a los asistentes sociales del barrio y de la iglesia cristiana, me dieron algo de dinero y comida cuando Abdelcader estuvo sin trabajo, pero cuando encontraba un empleo se acababa la ayuda, y yo ¿cómo iba a decir que mi marido apenas traía dinero a casa, que se lo gastaba en el juego? ¡qué vergüenza mas grande! ¡mejor muerta! Cuando ha tenido dinero, siempre lo ha dejado en las máquinas de juego o en el bingo, el dinero le quema en los bolsillos. Yo lloro, discutimos, él se desespera, me dice que no le comprendo, que espera traer algún día un montón de billetes para mí y para los niños. Y yo no puedo trabajar, tengo que cuidar de Hamed y llevarlo al médico, y ¡se enferma con tanta frecuencia! ¡Que trampa de vida!

Vuelve a sonreir al niño.

-¿Qué hacemos Hamed? ¿nos damos un paseo? Puede que en la calle luzca un hermoso sol y nosotros aquí con la bombilla encendida y muertos de frío. Vamos a ponernos guapos y abrigaditos. ¿Ves?  tú tienes una bonita chaqueta caliente y tus botitas. Mamá se pone este grueso jersey, un pañuelo a la cabeza y las pulseras y los anillos de oro que me regaló papá cuando nos casamos, ¡son nuestra única fortuna, el seguro para volver con los nuestros si algún día hiciera falta! Venga, nos damos un paseo, vemos los escaparates, y a la vuelta te prepararé un poco de masa frita con azúcar, que tanto te gusta, y nos tomaremos un vasito de té muy dulce y muy caliente.

Rosa Comas (1985)

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