Capítulo I
Aquella tarde, Sarai (nombre que significa "Dios liberta") se despertó dentro de un baúl cerrado y tuvo que pensar un instante qué había pasado para encontrarse allí. A oscuras palpó las mantas y el cojín que ella misma había metido dentro cuando su marido le obligó a esconderse aquella mañana.
-Hay que ver lo que los hombres nos llegan a exigir -pensó.
Abram temía los conflictos que se organizaban cuando la caravana familiar entraba en un caravasar o se reunía con otra caravana en algún oasis: los hombres desconocidos, guardas o viajeros que la veían, la miraban, la rodeaban, algunos ofrecían dinero para comprarla y se peleaban por obtenerla. Todos hablaban de su belleza y oyó una vez a uno, junto a ella, decir:
-A su lado todas las mujeres parecen monas.
Menos mal que ella había estudiado idiomas y se podía enterar de casi todo lo que se decía a su alrededor. Así y todo, esto le parecía odioso ¡una exageración! pero cuando alguien sale de viaje -se decía- tiene que prepararse para cualquier sorpresa.
El camello sobre el que se encontraba se detuvo y ella empezó a dar traqueteos dentro de aquel cubilete de dados en el que se había convertido el baúl y comprendió que el animal se arrodillaba y terminaba asentando sus patas traseras en el suelo. Inmediatamente oyó cómo alguien abría la tapa del baúl y vio al camellero ofreciéndole una mano para ayudarle a salir y bajar.
El sol la deslumbró como era de esperar después de tantas horas de oscuridad. Comenzaban a negrear los montes en el horizonte y las nubes anaranjadas se extendían por toda la bóveda celestial. Las últimas luces del día iluminaban un valle enorme, sin más límites que los del final de la tierra y también iluminaban la ciudad a la que acababan de llegar. Le pareció una ciudad muy grande, la más grande de las que hubiera visto jamás. Los edificios más altos se encontraban en el centro de todo lo construido y las casitas más bajas frente a una muralla, que tendría la altura de un hombre, separaba y rodeaba el caravasar en el que acababan de entrar. A lo pies del camello ya la esperaba Abram sonriente, al verlo pensó:
-Este hombre no pierde nunca su alegría, cómo Javé le ha dicho "que será padre de pueblos", pues ahí está, tan feliz... y yo tengo el temor de que nuestro Dios se haya equivocado, porque yo ya tengo 50 años, y aquí estoy más fresca que la menta, pero sin hijos y sin un embarazo en toda mi vida.
Abram la abrazó y mirándole a la cara agachándose un poco, le preguntó:
-¿Qué tal tu alojamiento? ¿Te comiste todo lo que te traje? -Sarai respondió:
-Sí, todo, pero a oscuras, hasta que no le daba un bocado a la cosa no me enteraba que era lo que me tenía que traga, ¡anda que!... y el pis... lo peor es que debía hacer pis, menos mal que el pobre camellero ha parado al animalito éste que baila más que un novio el día de su boda, para que yo pudiera bajar a hacer mis necesidades, con razón hemos llegado los últimos de toda la caravana. He dormido todo lo que he podido, pero hay que ver cómo... ¡por favor! no me vuelvas a pedir nunca que me meta en un baúl... ¡ni muerta!
Abram la acompañó hasta unirse con las demás mujeres de la familia y los sirvientes; juntos habían salido muy temprano del último campamento en el desierto y todas la rodearon y le preguntaban por su alojamiento en el baúl y si no tenía dolores por la mala postura que podía haber tenido durante la noche.
Tres guardias del caravasar se acercaron empujándose y preguntando si aquella hermosa mujer estaba en venta (¡lo mismo de siempre!) Abram con su sobrino Lot y otros familiares los espantaban muy disgustados y humillados por el asedio de los guardias, que cuando comprendieron que Sarai era una persona importante en su caravana, aseguraron que tenían la obligación de llevarles al palacio del Faraón. Un camellero, que se les unió en el último campamento, se acercó a instancias de Abram y les fue traduciendo lo que los guardias decían:
-Ustedes son extranjeros y lo único que pueden demostrar con los documentos que enseñan es que son originarios de la tierra de Ur. Nosotros no tenemos competencias para ordenarles nada, el Faraón decidirá qué será de todos ustedes.
Y así hicieron. Nuestra pareja, junto a Lot y la doncella personal de Sarai, fueron conducidos, acompañados por dos soldados al palacio del monarca del gran Egipto, el resto de la caravana, junto con los animales, quedaron en el caravasar.
Los soldados hablaron con la guardia de una puerta lateral del palacio y entraron a una antesala del salón del trono, donde el Faraón hacía justicia, atendía las informaciones que le daba su Primer Ministro y las demandas, que sólo él podía resolver, de sus ciudadanos. De camino a palacio Abram dijo a su esposa en voz baja:
-Delante del Faraón y demás autoridades deberíamos decir que somos hermanos de padre ¡Gracias le sean dadas a nuestro padre Taré, que en gloria esté! Porque puede que el monarca se enfade al saber que no eres una mujer libre y nos mande matar. -Sarai se encogió de hombros.
En aquella sala permanecieron unas tres horas esperando y, en la espera, Abram y algún otro se quedaron dormidos, de puro aburrimiento y cansancio, sentados en un banco de obra que ocupaba tres paredes de las cuatro que tenía la sala, en la cuarta había dos puertas y por una de ellas habían entrado. Sarai lo observaba todo porque ¡con aquel silencio! ¿qué otra cosa se podía hacer?
Cuando fueron llamados por un ujier del salón de justicia, se levantaron todos y entraron. Se trataba de un gran espacio rectangular que sujetaba el techo con columnas y sus paredes estaban decoradas con figuras humanas y animales, de los que unos iban y otros volvían en estático caminar; La cabecera del salón quedaba señalada por un estrado de mármol rosa, donde en un gran sillón dorado cubierto de cojines, se hallaba sentado el Faraón que los miraba con curiosidad. Varios visires, consejeros y siervos rodeaban al monarca.
-Ninguno de ellos tiene la postura de brazos y piernas como los de los personajes pintados en las paredes -pensó Sarai.
Todos vestían de lino blanco e iban adornados con joyas: collares, pulseras, broches y anillos de oro y pedrería, el Faraón era un hombre delgado y muy moreno, llevaba el pelo largo hasta los hombros, la corona blanca con el cintillo de la cobra sobre su frente, símbolo de su dignidad, el torso desnudo y una falda corta, cruzada y ajustada a sus caderas. En las manos sostenía el báculo y el flagelo, símbolos de su autoridad. Cubría su espalda con una piel de leopardo, que sujetaba uniendo una garra delantera y otra trasera del animal, desde el lado derecho del cuello del monarca a la axila izquierda. Calzaba unas ligeras sandalias de piel de cabra.
En silencio y con la cabeza baja, según les habían aleccionado, se acercaron al trono y se arrodillaron. Eran el centro de atención de todos los cortesanos porque los visitantes ya habían salido. Posiblemente -pesó Abram- el Faraón deseaba hablar con ellos sin testigos.
(continuará)
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