Publicidad:
Terra
La Coctelera

mrcomas

20 Diciembre 2009

Cuando los trenes pasan de largo: pp. 65 y 66.

CAPÍTULO XVI

Al llegar a Madrid y después de conocer la nueva casa y el pueblo en el que vive mi familia, me he comprado una serie de carteles con trenes y los he puesto en mi habitación, en la sala, en la cocina y en el cuarto de baño, Isa ha protestado un poco, pero cómo le dije que ella también tenía libertad para colgar lo que le apeteciera, no dijo nada más.

La verdad es que Isa no parece de este mundo. ¡Es tan hermosa, tan inteligente! Saca sobresaliente en todas las asignaturas, es la alumna favorita de casi todos sus profesores, y tan simpática, que todo el mundo la admira y la quiere. Tiene siempre una corte de chicos a su alrededor a los que no hace demasiado caso, de algunos se ríe y con otros se divierte, pero ninguno consigue mucho más de ella. Yo conozco a sus padres y a ellos no se parece en absoluto. No tiene hermanos y es la auténtica hija mimada por la que sus viejos se sacrificarán todo lo que haga falta. Ella encuentra esto de lo más natural. Durante el verano ha participado en un curso en Londres y solamente ha estado con sus padres una semana. ¿Cómo es posible que de una pareja tan vulgar haya nacido una mujer tan extraordinaria? Es como un cometa enganchado a unos cuantos vahones. No tardará mucho en soltarse y desaparecer en la lejanía.

¿Saben los padres de Isa el origen de su hija? ¿Lo sabemos los que la conocemos?

LA NIÑA ENCONTRADA.

Juan y Juana formaban una pareja de mediana edad, vivían en un barrio periférico de una gran ciudad, en un pequeño piso de un edificio cercano a las  vías del tren y suspiraban por tener un hijo. Habían llegado a ese punto en el que  se han perdido las esperanzas de engendrar y no se habla más de ello, aunque en el interior de cada uno queda un vacío y una gran frustración. Comían y cenaban en silencio. Oían la radio, leían algún periódico. Juana hacía prendas de punto para sus sobrinos. Juan iba todas las tardes al bar de Sebastián a echar una partidita de dominó, y los domingos comían en casa de la hermana de Juana, que tenía cuatro hijos; los gastos de la comida se repartían en partes iguales. Así se iban sucediendo los días, sin ilusión ni planes de futuro.

Una calurosa noche de julio en la que la temperatura dentro de la casa se hacía insoportable, salió el matrimonio a respirar un aire menos denso. La tierra guardaba el calor del día y apenas corría una pequeña brisa, pero así y todo parecía que al menos el espacio abierto y un cielo celosamente negro y cubierto de estrellas, de cierta manera, les levantaba el ánimo; un paseo rodeando el barrio junto al camino marcado por los raíles, les permitiría aplazar la soledad de cada uno ante el hecho rutinario de meterse en la cama y esperar que el sueño, entre olas de calor y falta de espacio en un lecho matrimonial de dimensiones justas, venciera a las altas temperaturas.

Llevarían caminando medio kilómetro y ya cerca del paso a nivel del cruce de las vías con la carretera general, les pareció oír un débil maullar.

-Los gatos están en celo -observó Juana.

-No sé - respondió el marido - El celo de los animales suele ser más escandaloso.

Volvieron a escuchar el pequeño gemido y la pareja avanzó por el borde de la carretera, cruzaron las vías, y orientados por lo que parecía el maullido de un gatito, se acercaron a un bulto. Se trataba de una bolsa de plástico negra, de las que se usan para la basura, cerrada con un fuerte nudo. El quejido provenía de la bolsa, la abrieron y envuelto en unas toallas ensangretadas se encontraron el cuerpecito de una niña con el cordón umbilical aún unido a su vientre. Juana ayudante de comadrona en los cuatro nacimientos de sus sobrinos, anudó el cordón muy cerquita de la piel de la niña y la volvió a envolver en las toallas y en el plástico, dejándole la carita al descubierto. Ninguno de los dos había pronunciado una palabra, ni un sonido. Juana estrechó a la niña contra su pecho, miró a su marido con los ojos muy abiertos y con expresión de loca, dijo:

-Es nuestra, si no hubiéramos pasado por aquí, mañana estaría muerta.

Juan asintió con la cabeza. Dieron media vuelta y se volvieron, caminando muy encorvados, el brazo del marido sobre los hombros de la mujer, hacia su casa, con el corazón latiendo apresuradamente, el miedo a ser descubiertos pintado en sus rostros y un deseo inmenso de llegar cuanto   antes.

-Es nuestra. Es nuestra - repetía una y otra vez Juana.

Consiguieron llegar a su casa sin cruzarse con ningún vecino, a esas horas solían estar todos en la plaza, charlando y retrasando lo más posible el momento de acostarse. Juana puso a la niña en los brazos de su marido, y éste al sentir la levedad de aquel peso y ver aquella niñita que dormía plácidamente comenzó a sollozar. Juana volvió a su lado inmediatamente y sin reparar en la emoción del marido retomó a la niña mientras decía.

-He preparado un poco de manzanilla, cuando esté templada se la daré, se la daré azucarada y con una cucharita. He puesto agua a calentar para lavarla un poco. La envolveré en una toalla limpia, y mañana en cuanto abran las tiendas le compraré  un poco de ropa.

Juan se dio cuenta de que su mujer hablaba sola.

-¿Quieres que busque una farmacia de guardia y le compre algo?.

Juana frenó en su camino hacia la cocina.

-¿Farmacia? ¿Comprar? ¡Ah! sí. Pero no en el barrio, busca una farmacia lejos de casa, donde no nos conozcan. Compra un biberón de recién nacido y un chupete y un bote de leche para la primera edad... y vaselina, un tubo de vaselina,,, y también alcohol y gasa para el ombligo... y una pastilla de jabón neutro y una esponja para bebés... no sé, dile al farmacéutico que necesitas de todo para un crío que va a nacer. Las madres preparan todas estas cosas con tiempo. Sal del barrio, una farmacia fuera del barrio.

Juan fue al dormitorio en busca de dinero, cogió de nuevo las llaves y salió de casa.

Cuando Juan volvió con un gran paquete bajo el brazo, Juana paseaba pasillo arriba y abajo con la niña dormida en sus brazos, envuelta en una toalla blanca.

-Juan, ¡es preciosa! ¡Una niña preciosa! ¡Que suerte hemos tenido Juan! Si no es por nosotros hubiera muerto. Ha tomado unas cucharadas de manzanilla. Cuando se despierte le daré un biberón. ¿Has traído de todo? No te habrás topado con algún conocido ¿verdad?

-Sí, he traído de todo y no me ha visto nadie, pero, ¿que haremos mañana?.

-Mañana temprano cogemos un tren y desaparecemos. Iremos donde nadie nos conozca. Ya volverás tú a por nuestras cosas. Contaremos a los vecinos cualquier historia. Y a mi hermana ya veremos como se lo explico.

Por la mañana, muy temprano y sin haber pegado ojo en toda la noche, llevando a la niña tapada hasta la coronilla y una maleta con lo más imprescindible, salieron de la casa furtivamente y tomaron el primer tren sin importarles hacia donde.

Desaparecieron del barrio y de la ciudad para siempre.

(seguirá)

servido por María Rosa sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de María Rosa

mrcomas

Palma de Mallorca, España
ver perfil »
contacto »

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera