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Terra
La Coctelera

mrcomas

18 Noviembre 2010

HILAR Y TEJER (reformada su estructura)

A la memoria de mi madre y mi abuela, que me dejaron sus recuerdos.

Capìtulo I

María había nacido durante una epidemia de cólera y como para nosotros, pobres mortales, el tiempo pasa demasiado deprisa, podríamos decir, como tantas otras veces, que corría el mes de septiembre de 1885.

En aquellos días la muerte extendía su manto, clavaba sus garras y destrozaba, sin importarle edad, condición o sexo. Vómitos, diarreas, dolores y un frío sin remedio, recordaba a las gentes la brevedad de su paso por la tierra. Las camas ardían en las plazas y los muertos eran enterrados en la cal viva de las fosas comunes sin tiempo para velatorios, funerales ni pésames. El  olor a madera quemada y a cadáver lo invadía todo, y la  indiferencia de la gente ante una mañana soleada o un día lluvioso era lo habitual. Sólo había lamentos, rodar de carros y chisporroteo de hogueras.

La vida era un bien precario. Fallecían madres desangradas en los partos o por fiebres puerperales, muchos niños morían antes de cumplir los cinco años; los jóvenes y los adultos abandonaban este mundo antes de lo esperado por un sinfín de enfermedades y accidentes. En casi todas las familias un luto venía a sustituir a otro y las vestimentas negras se asentaban en las casas por años. Los pueblos parecían habitados por bandadas de cuervos. Tanto sufrimiento y el sentimiento de impotencia eran el origen del clamor hacia un cielo generador de todo lo bueno y único dispensador de aquellos bienes que los hombres no podían satisfacer por sus propios esfuerzos.

Pero la muerte no era la dueña absoluta, una niña nacía en el pueblo y la vida concentraba su energía en el pequeño cuerpo de la recién nacida, se refugiaba en aquella casa y en aquella habitación: el dormitorio de Rosina,  mujer joven, dulce y bonita, y esposa del único veterinario del pueblo; la vida se manifestaba en aquel cuarto de medianas dimensiones con suelo de cemento, vigas de madera y una pequeña ventana que abría su mirada a un patio sombreado por una parra. Las paredes estaban pintadas de blanco, y un arcón de gran tamaño, una cómoda con espejo, una silla y una cama de matrimonio de maderas oscuras, componían todo el mobiliario. Olía a limpio.

La joven madre, vestida con una corta camisa, en cuclillas a los pies de la cama y agarrada a sus barrotes, tenía una jofaina, que recogía las aguas y la sangre del parto, entre sus piernas, y hacía los últimos esfuerzos por expulsar a la criatura.

Un grito desgarrado seguido del llanto de un recién nacido pusieron fin al cotidiano milagro que supone el nacimiento de un ser vivo. Enseguida, la partera, agachada y a la espalda de la nueva madre, recogía con una toalla blanca el pequeño cuerpo. Inés, única hermana de la parturienta, que desde el otro lado de la cama y sentada en ella envolvía con sus manos las crispadas manos de Rosina, apoyó la cabeza en el travesaño de la cama y rompió a llorar.

Todos los partos tienen algo de ritual, de misterio y de magia. Aunque asista un médico, las mujeres saben que ese momento les pertenece. Dos o tres mujeres en un parto, comparten los elementos básicos de la existencia: la agonía de la espera, el dolor, el esfuerzo impensable, el riesgo para conseguir una meta, el miedo a la muerte, la sangre, la continuidad de la propia vida en otro ser y el amor. Estas hermanas lo vivían por primera vez y una nueva y entrañable atadura surgía entre ellas.

¡Es una niña! -dijo la partera con voz grave, casi masculina-  acércate Inés, ponte aquí a mi lado y sostén a la criatura.

La mujer que daba las órdenes, pequeña de estatura, delgada y con  marcas de viruela en el rostro, se manejaba de forma experta y se le adivinaba un fuerte carácter. Las que obedecían eran dos guapas jóvenes, de no más de veinticinco años la mayor, con caras asustadas.

Inés, la de más edad, se remangó e hizo lo que se le pedía: tomó con ambas manos y con gran cuidado a su sobrina, apartándola. La comadrona después de cerciorarse de que ya no latía el cordón que aún unía a la niña con su madre, lo cortó con manos expertas, anudó el trozo que sobresalía del vientre de la cría lo mas cerca que pudo de su cuerpecito y la volvió a coger de las manos de Inés.

-Ayuda a tu hermana a volver a la cama, -pidió la comadrona- y tráeme el agua hervida para lavarlas.

Inés ayudó a su hermana y luego salió; al poco regresó llevando un caldero de agua humeante. Se paró delante del calendario colgado en la pared y leyó en voz alta:

-Ocho de septiembre, Natividad de nuestra Señora.

Luego miró el rostro de su hermana contraído por el dolor, estaba pálida y ojerosa. Asustada por su aspecto, hizo un gesto a la comadrona, ésta observó a Rosina y dijo a ambas:

-Todavía ha de salir la placenta.

-¿Puedo ver a mi hija?

La comadrona depositó a la niña sobre el pecho de su madre y se dispuso a recoger de entre las piernas de Rosina aquella masa oscura que durante nueve meses había nutrido y oxigenado a la recién nacida.

Inés se recostó junto a su hermana y ambas contemplaron sonrientes a la criatura: sus ojitos aún cerrados, sus mejillas hinchadas, la menudencia de sus pies y sus manos, y un cuerpecito grasiento, aún sin lavar.

-Rosina, hoy se celebra el día en que nació la Virgen, llamaremos María a tu hija, ¿qué te parece?

No obtuvo más respuesta que una sonrisa.

-Venga, que hay que acabar con esto -se impacientó la comadrona- yo lavaré a la niña y tú haz lo mismo con tu hermana, le pones un camisón limpio, le cambias las sábanas, y les dejaremos que descansen. Trae también una aljofifa y limpia un poco el suelo. Y tú, Rosina, no te duermas, hay que estar pendiente del flujo de la sangre.

Mientras Inés atendía a su hermana, la comadrona vertió parte del agua caliente en un barreño de zinc, sumergió su codo derecho comprobando la temperatura del agua y añadió un poco de agua fría de una jarra. Tomó a la niña con destreza y se dispuso a bañarla.

-No se puede mojar el ombligo -advirtió-. ¿Veis como la baño? Mi brazo izquierdo sostiene la cabeza, pasa por detrás de su espalda, y la mano sujeta el cuerpo por su culito. No dejo que el agua llegue al ombligo. Con la otra mano le paso la manopla con cuidado para lavar todo lo demás.

La niña tras el consuelo del baño tibio, se quedó dormida junto a su madre, pegadita a su costado, recibiendo de nuevo su calor y los latidos, ahora lejanos, de su corazón. Mientras salía de la habitación con un montón de ropa para lavar, Inés volvió la cabeza y contempló la escena. Rosina cansada cerraba los ojos.

*   *   *

Leocadio Gómez, el padre de la recién nacida, nada sabía del parto, llevaba sin aparecer por la casa varios días. No deseaba arriesgar con un contagio la salud de Rosina, su esposa, en cinta y a punto de dar a luz, ni la de Inés, su cuñada, pilar de aquella familia. Inés envió a Manuel, el hortelano de la casa, hombre de toda su confianza, a llevar al cuñado la noticia del feliz nacimiento.

servido por María Rosa 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

tapia

tapia dijo

Hola María Rosa. He visto que anunciabas el abandono del blog 280ypunto. Es una lástima. De vez en cuando leo este blog tuyo, y me gusta mucho como escribes, y, sobre todo, lo que describes. Los foros de microrrelatos tienen varias limitaciones. Para empezar, la limitación de espacio, que hace que sólo suenen "bien" ciertos tipos de relatos que ni siquiera llegan a relatos. No se puede matizar. Leyendo este blog de aquí pienso que expresas matices riquísimos. A mí me pasa algo de eso, escribo un relato y lo tengo que condensar tanto que pierde mucho sentido o gracia. Esos relatos sin verdaderos matices, conceptos sólo medio paridos o incluso abortados, se prestan a pocas honduras y no son verdadera literatura. Son simple entretenimiento o divertimento. Y los disfrutan, en general, los más jóvenes. Yo voy colocando micros en este foro (sabes que dejé Eskup), pero no estoy del todo cómodo. Esos fors me han servido de aprendizaje para ser más contundente, pero espero seguir adelante, dejando de escribir esos conceptos parciales, para pasar a ideas más elaboradas y completas, como las que tú expresas en tu blog y, si es posible, aún más allá. Como digo, los micros son un aprendizaje técnico y también un divertimento. No me los tomo nada en serio. No me importa en absoluto las "evaluaciones", y, aunque agradezco de verdad los comentarios positivos, no influyen nada en mi decisión de escribir y colocar más micros, o no. Los chicos de esos foros, como jóvenes que creo que la mayoría son, pueden ser bruscos. Es el ímpetu de la juventud, a veces adobado de modales poco cultivados. Pero no son nadie. Nadie les conoce. En el fondo, nada importa su opinión y, sobre todo su "evaluación". Jueces anónimos que nadie conoce y cuyo nivel de conocimientos es pura especulación.
Es decir, te recomendaría no tomar decisiones basadas en críticas o aceptaciones de fantasmas de los que no sabemos si son unos chimpancés ignorantes o personas verdaderamente juiciosas. Otra cosa es que los micros no puedan reflejar toda la complejidad y los bellos matices que tan bien expresas.
Un saludo, y que sigas bien.
Tapia

21 Noviembre 2010 | 12:33 PM

María Rosa Comas Cerdá

María Rosa Comas Cerdá dijo

Amigo Tapia, muchas gracias por tu comentario y tu interés por mis andanzas por el mundo online. Dejé 280ypunto porque no me satisfacía el clima, además me parecía una tarea poco gratificante.

En este blog voy dejando los escritos guardados durante bastantes años, y quienes los quieran leer tienen la puerta abierta. Si se me ocurre un mr. también lo dejaré aquí, igual que están los haikus, con calma y a mi aire.
Muchas de las cosas que narro en Hilar y Tejer, son personajes y anécdotas contadas por mi madre, y fantaseadas por mí, de la historia de mi abuela y su padre (mi bisabuelo). Es un intento de de hilvanar una novelita sin más pretensiones que dejar constancia escrita de aquellos hechos, que ni siquiera los conozco con toda su extensión y profundidad. Dejar a mis hijos y nietos una forma de vivir que no han conocido.
Un abrazo. Rosa.

24 Noviembre 2010 | 09:24 PM

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