HILAR Y TEJER (pp. 6, 7, y 8)
Leocadio era un hombre de mediana estatura y de complexión fuerte, una incipiente calva ampliaba su frente dando a su rostro, junto con la viveza de sus ojos, expresión de inteligencia. Se había ganado el aprecio del pueblo, desde el día en que llegó con los estudios recién terminados, porque respondía a las necesidades de los agricultores y ganaderos con eficiencia y simpatía.
En unos momentos en los que los enfermos se contaban por cientos y muchos morían en pocas horas, era difícil encontrar un médico, así que el veterinario atendía a sus angustiados vecinos como única persona competente en un radio de población muy importante.
Desde la declaración de la epidemia iba de casa en casa, y comprobaba cómo la pérdida de líquido en el organismo de los enfermos producía un cuadro clínico de piel arrugada, nariz afilada y ojos hundidos, la llamada facies hipocrática. Remediaba lo que podía y consolaba a los enfermos y a sus familiares. Éstos, con ojos suplicantes se le dirigían con angustiados y diferentes ruegos:
-¡Por Dios Don Leocadio, mi hijo! ¡Sálvelo!
-No puedo más, me muero!
-¡Haga algo por mí!
Les tomaba el pulso, les ponía su mano sobre la cabeza o los hombros y aconsejaba, una y otra vez:
-Hiervan el agua, no tomen verduras crudas, ¡hervido, todo hervido! Beban mucho, pero todos los líquidos hervidos. Las manos limpias, ¡lávenselas antes de comer!
Y con más frecuencia de lo que hubiera deseado:
-Lo siento, está muerto, saquen el cuerpo de la casa, hay que enterrarlo con cal viva lo más pronto posible, ya no podemos hacer nada por él y hay que pensar en los vivos. Quemen sus enseres, es preferible perder algunas cosas antes que contagiarse.
Las gentes agradecían sus atenciones, pues el miedo al contagio y el dolor por la pérdida de las personas más queridas, unidos a la rapidez con que se desarrollaba la enfermedad, producía en ellos auténtico terror. Los vecinos sabían que Rosina estaba a punto de parir y que el marido les atendía de día y de noche sin pensar en sus propias necesidades. Lo recibían con auténtica veneración y aunque el veterinario nada les cobraba por sus servicios, le hubieran entregado lo que les hubiera pedido.
Desde que comenzó la epidemia, Leocadio dormía en la sacristía de la iglesia, una sala destartalada, con fuerte olor a humedad, cuyas paredes cubiertas de moho iban deshaciéndose poco a poco. Don Anselmo, el párroco con el que se encontraba en muchas de las casas que visitaba, le había colocado allí un camastro para descansar, y en la sacristía se refugiaba cuando se sentía exhausto.
El sacerdote era una persona campechana. Como muchos curas de su época, su vida era el resultado de haber pertenecido a una familia pobre con una madre piadosa y viuda, que entendió que un buen futuro para su inteligente y voluntarioso hijo de pocos años y mucho trabajo, sería aprovechar la oferta del párroco, y mandarlo al seminario, y así sus estudios serían costeados por algún feligrés rico y devoto. En cierta manera, el cura agradecía su suerte ya que le había permitido dedicar mucho tiempo a los libros. Había terminado por admitir su situación (el celibato le parecía una idiotez y calmaba las exigencias de la carne, visitando en secreto, semanalmente, a una mujer viuda que vivía sola en la ciudad), y aceptaba la decadencia de su carrera eclesial, causada por sus ideas, inadmisibles para la jerarquía, a cambio de la cultura conseguida. Haber podido abandonar las tareas del campo para estudiar, y haber dado a su madre una vejez descansada, gozando del respeto de todos los vecinos, le parecían logros más que suficientes.
Era buen conversador y amante de las discusiones y, a causa de su forma de pensar nada ortodoxa, sufría en el pueblo el ostracismo al que le había condenado su obispo, por temor a sus ideas, casi heréticas; pero él no las escondía. Leocadio y el párroco echaban sus buenos ratos de plática sobre cualquier tema que surgiese, podían pasar horas hablando de todo lo divino y lo humano, y el cura, cómo no podía hablar de todo con cualquier persona, y además la mayoría de sus parroquianos eran analfabetos, se explayaba, cuando encontraba una persona de estudios, con los temas religiosos, de los que había hecho bandera y fueron causa de su exilio.
-Le digo, querido amigo, -argumentaba el párroco- que la Iglesia se ha pasado un montón de siglos intentando averiguar quién era, o es Jesús, y de esta forma ha perdido de vista en muchas ocasiones el por qué del Mesías. Es como si estuvieras esperando durante mucho tiempo una carta muy importante, y luego te preocuparas más del cartero que del contenido de la carta. Según nuestra madre iglesia, nació de una virgen, murió para redimirnos del pecado original como un cordero en el ara de los sacrificios, y así obtuvo el premio de la resurrección y la Gloria. Y yo digo: ¿por qué de una virgen?, Dios siempre se ha servido de lo que Él mismo creó para llevar a cabo sus fines. ¿Tiene Dios algo en contra de sus propios designios? ¿Estaba en contra la religión judía del matrimonio, la concepción o la natalidad? Muy al contrario, las jóvenes de la estirpe de David, esperaban que de sus entrañas, o de sus descendientes, naciera el Salvador. ¿Porqué María habría de elegir la virginidad o Dios exigírsela? Y por otra parte me cuesta mucho creer que Dios enviara a la tierra a su Unigénito para morir y con su muerte redimir al género humano. ¿Cómo va a planear Dios su propio desagravio con un sacrificio cruento? Esto me parece más de religiones primitivas cuyos seguidores sacrificaban animales, e incluso seres humanos, para aplacar las iras de sus dioses. No tengo más remedio que creer que los primeros cristianos así lo entendieron por contagio de las religiones que iban rechazando. Yo pienso que la doctrina que Jesús predicaba, de amor y fraternidad, de igualdad entre todos los hombres como portadores de una misma dignidad, no gustaba, como sigue sin gustar a las clases privilegiadas, que además eran y son, las encargadas de adoctrinar al resto de la comunidad, y por acallar aquella voz, molesta como la de la propia conciencia, lo mataron.
-Pero, ¿y la resurrección? -preguntaba el veterinario que desde hacía mucho tiempo había dejado de creer- ¿no se sustenta toda la doctrina en la resurrección de Cristo? O ¿es que usted ya no tiene fe?
-Mi fe no necesita de la resurrección, o al menos de la forma en la que la resurrección se entiende. No creo que mi carne, mi hígado o mis riñones, mis ojos y mis entendederas puedan volver a la vida. ¿Cuántos millones de hombres han pasado y aún pasarán por este mundo? ¿Recuperará el polvo en el que nos convertiremos, la apariencia y la función que ahora tiene nuestro cuerpo? ¿Para qué? ¿Qué necesidad tiene Dios, o tenemos nosotros de ello? La resurrección puede ser otra cosa, otro nivel de vida que no somos capaces de vislumbrar. Lo mejor que se nos ocurre para sentirnos bien, es alejar la idea de la muerte, y sobre todo de la muerte definitiva de todo lo que tanto valoramos, lo único que conocemos y palpamos, este cuerpo y este mundo, y confiamos en que la misericordia divina nos deparará la dicha que tanto anhelamos, la inmortalidad. Aceptamos como irremediable un periodo, largo para nuestro gusto, de sometimiento a la muerte. Pero... ¿y si la resurrección significa renacer como individuos a un estado superior y diferente, o como género humano el salto de una generación futura a una forma de vida perfeccionada?, ¿una metamorfosis muy positiva? ¿Sabemos cuando terminó la Creación? ¿Está en realidad finalizada? Mire, si lo supiéramos todo, sabríamos tanto como el mismo Dios. A San Pablo le preguntaron como sería la resurrección y contestó que eso sólo Dios lo sabía, y puso el ejemplo de un grano de trigo que entierras y surge una espiga, ¿no le parece una gran transformación?
Si Jesús resucitó, será el primero que ya participe de esa nueva etapa vital por su fidelidad al Padre y por el exacto cumplimiento de su misión: ser portador de la Palabra, ser la Palabra misma. Su vida fue la Palabra, fue el Mensaje, y este Mensaje nos venía del mismo Dios. ¿No es esto amor? Jesús le llamaba Padre y nos enseñó a llamarlo así también. Y ahora podíamos adentrarnos en la historia para analizar el Mensaje, y valorar cómo lo hemos entendido y llevado a la práctica. Es importante el mensajero, pero en este caso el Mensaje y el Mensajero son una misma cosa, y el Mensaje es el verdadero motivo de la existencia de Jesús.
Se notaba que Leocadio también disfrutaba con estas conversaciones, seguramente resultaban para los dos un descanso tras un día agotador, con pocas gratificaciones.
