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La Coctelera

mrcomas

28 Marzo 2011

HILAR Y TEJER (pp. de la 47 a la 50)

CAPÍTULO VIII

Por la tarde, vestida con sus mejores galas María, acompañada de su padre, salió de su casa hacia la tan deseada de su profesor.

El matrimonio Narváez vivían en una casa con jardín dentro del recinto amurallado. Les abrió la puerta una muchacha española uniformada de negro y cubierta con un delantal blanco con puntillas. María recordó a su tía y su sempiterno luto. La criada les hizo pasar. Un gran vestíbulo alfombrado, con arranque de escalera y altas ventanas vestidas de terciopelo verde dejaron a ambos completamente aturdidos. Nunca habían visto nada tan lujoso. María se percató enseguida de que dos cuadros de gran tamaño con pesados marcos de madera tallada colgaban en las paredes. Uno representaba a un aguador moro, con un fez rojo, babuchas amarillas, un gran pellejo inflado cruzándole el pecho y una serie de adornos y campanitas de bronce sobre su vestimenta; la expresión de su rostro era grave. El otro mostraba a una sonriente mora, vieja y arrugada, sentada en una estera sirviendo el té; la tetera y los vasos brillaban por la luz que penetraba a través de una pequeña ventana pintada a la izquierda del personaje. María no había visto en su vida nada semejante. ¿Estarían pintados por el capitán? Le hubiera gustado correr las pesadas cortinas y poder contemplar mejor las pinturas.

-Pasen al salón por favor. Enseguida bajan los señores.

La criada les abría una puerta y ellos pasaron.

Contemplaron asombrados la riqueza de todo lo que allí había. Muebles, alfombras, cortinas, un piano y varios cuadros en las paredes: retratos, paisajes con el mar como protagonista, jardines, soldados en batalla, un zoco al mediodía... No podían hablar, sólo miraban hacia un lado y otro. Al fin se miraron. Alguno de los dos hubiera dicho algo, pero sonó una voz femenina saludando:

-Buenas tardes. Soy Adelaida. ¿Cómo están ustedes?

Una señora joven vestida con una blusa blanca de finas puntillas y una falda azul turquesa, extendía la mano a Leocadio que se la estrechó mientras se inclinaba cortés ante ella.

-Y tú debes ser la pintora. ¿Verdad?

María sonrió apurada. La señora le acercó la cara y apoyó su mejilla en la de la muchacha. Mientras se producía este conato de beso, María pudo ver la cara del marido que había entrado en la habitación detrás de su mujer. Se trataba de un hombre bastante mayor, de pelo oscuro y ojos muy claros, con un gran bigote y una barba recortada y muy cuidada. Sonreía con gesto acogedor.

Narváez se acercó a ella y mirándola sonriente a los ojos estrechó, con sus dos manos, la mano de la joven. Luego se volvió a Leocadio y también lo saludó amablemente.

-¡Al fin puedo conocer a la joven artista! No saben cuánto agradezco que hayan venido.

-Pero siéntense, por favor -dijo la señora mientras les indicaba un tresillo colocado ante una chimenea de mármol negro.

-Adelaida condujo suavemente a María, tomándola por un codo y ambas se sentaron en  el sofá. Después los dos hombres lo hicieron en los sillones.

-Tenía ganas de conocerles. -Y dirigiéndose a la joven:

-Mi marido me ha contado que dibujas muy bien y que deseas tomar clases con él.

-Sería para mí una suerte si así lo hiciera. He visto los cuadros que tienen en este salón y en el vestíbulo, y aunque no he podido ver las firmas, he pensado que serían suyos. Creo que son magníficos.

-No, no son todos míos. Algunos retratos son de la familia y las marinas son compradas. Desde que vivimos en Melilla pinto sobre todo figura humana con sabor local: moros y moras. ¡Me encantan! -Rió abiertamente.

-¿Y tú?, - preguntó la esposa- ¿has utilizado el óleo alguna vez?

-No jamás. Ni siquiera he tenido nunca un pincel en mis manos.

-No me extraña que quieras aprender. El que dibuja y le gusta, ha de dar el paso siguiente: la pintura. Mi marido tomó clases en Sevilla y en Madrid. Si no fuera hijo y nieto de artilleros, el mayor de sus hermanos, y tan aventurero, no sería militar ni estaríamos en Melilla. De todas maneras, porque no tenemos hijos, si los tuviéramos, yo, desde luego, no estaría aquí.

Leopoldo seguía los pasos de aquella mujer tan distinta a cuantas había conocido anteriormente. Caminaba como debían caminar las princesas, con un movimiento de faldas, de cabeza, de manos... sorprendente. Lo miraba de vez en cuando de reojos, bajando los párpados, mientras con media sonrisa dejaba aparecer casi imperceptiblemente unos dientes perfectos.

-Bueno, Adelaida, no empieces. Lo que desea María es aprender y estuvimos hablando de ello. Acordamos que le daría clases una vez por semana, ¿no es cierto?

Adelaida asintió con la cabeza. Se levantó tiró de un grueso cordón que colgaba junto a la chimenea y volvió a sentarse. Enseguida se abrió la puerta, alta, oscura y pesada y apareció la criada.

-¿Quieren tomar algo? Un jerez, un anís, un té. A mi marido le encanta el té con hierbabuena que toman aquí, pero yo no lo puedo resistir, ¡es tan dulce!

-No, gracias. No se moleste, por favor. -Protestó Leocadio.

-No es ninguna molestia. -Y dirigiéndose a la sirvienta:

-Gregoria, traiga unas pastas y unas copas.

Salió la chica, y en el tiempo en el que el capitán se levantaba y cogía unas botellas de una bandeja depositada en la puerta abierta de un bargueño, la sirvienta volvió con lo que se le había pedido, dejó sobre la mesa una batea con copitas de cristal tallado y un plato con pequeños mantecados y volvió a salir.

-¿Jerez? ¿Anís? -Preguntó el dueño de la casa acercándose a ellos con una botella en cada mano.

Leocadio miró a su hija.

-Anís por favor.

Narváez sirvió una copa y la dejó sobre la mesa frente a María. Miró a su mujer.

-Un jerez, gracias.

Le sirvió a ella y se dirigió al veterinario.

-¿Usted?

-Jerez también para mí, por favor.

Servidos los tres, se puso también él una copa de vino y volvió a   sentarse. Levantó  su copa.

-Por mi alumna. Felices clases y muchos éxitos.

Bebieron.

-¿Cuándo empezamos? -Preguntó el profesor.

María miró a su padre.

-Cuando usted lo desee señorita. -Volvió a decir Narváez.

-Por mí, cuanto antes. Diga usted un día y una hora, y aquí estaré.

El profesor quedó pensativo un momento. Luego dijo:

-¿Les gustaría ver mi estudio?

-¡Sí, por favor! Bueno, -añadió algo apurada por su vehemencia-   si usted quiere...

-¡Claro que quiero! ¿No lo he propuesto yo?

Narváez se levantó de su sillón y les invitó a seguirle. Subieron los cuatro, Narváez abría camino, le seguían las dos mujeres y Leopoldo cerraba el grupo; muy cerca de Adelaida seguía sus pasos, aspirando un dulce perfume de jazmines que la envolvía. Subieron el tramo de escaleras y Narváez les abrió una puerta. Entraron. Se trataba de una enorme sala con grandes ventanas por las que penetraban las últimas luces de la tarde. Leocadio se asomó a ellas: daban al mar.

-¡Que maravilla! -pudo balbucear el veterinario.

María, desde la puerta, contemplaba la sala. La luz entraba por los grandes ventanales orientados a poniente. Los techos eran altos. El suelo de madera, fregado y sin encerar. Un sinfín de cuadros de todos los tamaños, ocultando sus pinturas, se apoyaban en profusión alrededor de las paredes, tres a medio pintar se encontraban sobre caballetes. Encima de una mesa: una paleta limpia, un jarro con pinceles, morteros, escudillas, frascos de vidrio, unos tubos de estaño, saquitos con polvos esparcían sus diferentes colores sobre la superficie de la mesa, trapos... María no podía hablar.

-Este es mi lugar de trabajo cuando no estoy en el cuartel. -Dijo riendo el dueño del estudio. Adelaida sonreía al comprobar el impacto que el estudio provocaba en ellos.

-¿Puedo ver alguno de sus cuadros? -Preguntó María.

-Sí, sí, no faltaría más, acércate. ¿Cuál quieres ver? Contestó el capitán.

-Me da igual. Hay tantos.

Narváez fue enseñando algunos de los que ya reposaban de cara a la pared, retirándoles los trapos que los cubrían. Unos vendedores moros en el zoco. Un par de centinelas, también moros, en la puerta de un cuartel. Una puerta de la muralla. Unas rocas sobre las que batían las olas... Sobre uno de los caballetes había, a medio pintar, un retrato de su esposa. María los encontraba asombrosos, bellísimos.

Adelaida y Leopoldo se quedaron rezagados mientras el pintor enseñaba y explicaba a María sus cuadros. La mujer lo miraba y acercándose un poco más a él le dijo en un susurro:

-Me gustaría volver a verlo otro día... quisiera conocerlo mejor... ya le diré cuando y donde.

Leopoldo sintió una especie de vahído, sacó un pañuelo, se limpió el sudor de la frente y la miró fijamente.

-Señora: no sé... me siento alagado... y algo asustado... -Ella rió alegremente, María y Narváez se volvieron a mirarla sonrientes.

-Le avisaré y nos veremos. No me olvide.

Salieron del estudio y volvieron al vestíbulo. Leocadio y María se despidieron.

Ya en la calle, María comentó a su padre que se había sentido cohibida durante la visita. Aquella mujer le parecía amable pero distante, hermosa pero fría y encorsetada.

-Y no sólo por el corsé que lleva. -añadió.

servido por María Rosa 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

TERESA santomil gonzalez

TERESA santomil gonzalez dijo

Aun te sigo, pero como tardes tanto en plblicar perdere el
hilo argumental

Un abrazo amiga

29 Marzo 2011 | 12:45 PM

María Rosa Comas Cerdá

María Rosa Comas Cerdá dijo

jajaja tienes toda la razón. la historia está terminando y he cambiado algunas cosas, estos cambios me han llevado un poco de tiempo. Discúlpame por favor.

Te agradezco mucho tu fidelidad. Besos y abrazos.

29 Marzo 2011 | 03:34 PM

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