Publicidad:
Terra
La Coctelera

mrcomas

2 Mayo 2011

HILAR Y TEJER (pp. 55 y 56)

Capítulo IX

Los rifeños se habían levantado en armas. Se trataba de un pueblo, afincado alrededor de la bahía de Alhucemas, con fuertes sentimientos independentistas. Siempre habían dado problemas, tanto al sultán como a España. Un clima seco y cálido en el llano, y frío, con nieves perpetuas, en la montaña, había forjado el carácter fuerte y rebelde de esta etnia. Eran buenos jinetes y el conocimiento de del terreno en el que viven, abrupto y pedregoso, les facilitaba las emboscadas. El regimiento de Gabriel fue el primero en ser enviado al Rif, como avanzadilla de la infantería. Un ejército formado por tropas regulares, con mayoría de soldados musulmanes, muchos de ellos rifeños también (que pronto desertarían), y oficialidad española. Fueron jornadas terribles. Tanto para Gabriel como para otros muchos se trataba de su primera guerra.

Aquellos moros salían de detrás de las piedras como paridos por el diablo, con grandes gritos, rostros fieros y cualquier tipo de armas: fusiles, cuchillos, alfanjes y piedras arrojadas con hondas, a caballo y a pié. Había que ser muy hombre y estar acostumbrado a la disciplina militar para no salir corriendo. Las cargas a caballo y el cuerpo a cuerpo eran el pan de cada día. Cada día también, caían numerosos compañeros y muchos otros quedaban heridos, y al anochecer había que recogerlos para curar sus heridas, o enterrarlos. Especialmente las noches eran horribles, arropados en mantas alrededor de las fogatas, con las ropas tiesas o hechas jirones, el cuerpo roto de cansancio y las mentes llenas de ruidos e imágenes infernales, temiendo que amaneciera.

En Melilla, María y Juanita se veían cada día y comentaban las noticias que llegaban del frente, allí estaban Gabriel, el padre y el hermano de Juanita, y poco sabían de ellos.

También les llegaron noticias de los acontecimientos de Barcelona. La movilización de reservistas ordenada por el gobierno de Maura para sustituir a los soldados muertos en el Rif, había recaído mayoritariamente sobre las espaldas de los catalanes.  Muchos de ellos estaban casados y tenían hijos y no estaban dispuestos a arriesgar la vida por los intereses de los políticos en aquellas tierras lejanas. Había habido una huelga y con ella una manifestación que, iniciada de forma pacífica, terminó siendo reprimida de forma tan brutal, que muchos resultaron heridos, otros muchos fueron encarcelados. En Melilla, los militares no entendían cómo en la península se negaban los hombres a defender a su patria cuando allí se estaban produciendo tantas muertes. Todo el mundo hablaba de la guerra.

Una tarde la avispada amiga, que se enteraba de cuanto acontecía en la ciudad, le preguntó a María:

-¿Te has enterado? Ha llegado de Madrid una periodista, se llama Colombine y la manda su periódico como corresponsal de guerra, fíjate, ¡una mujer!. ¿No es extraordinario?. Mañana da una charla en el casino, ¿quieres que vayamos?.

El salón del casino estaba abarrotado de gente, en su mayoría mujeres. La conferenciante fue presentada como Carmen Burgos, corresponsal de "El Heraldo", profesora de la Escuela Normal Central de Madrid, presidenta de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas y autora de varios libros. Las dos muchachas la miraban  con asombro. ¡Que mujer! ¡Cuánto sabe! Hablaba sin titubeos y sin cortarse un ápice: del analfabetismo, muy extendido entre la población femenina, de los derechos de la mujer moderna, como el de sufragio, y de la necesidad de que las mujeres despertaran y se unieran hasta conseguir el puesto que les correspondía en la sociedad. No consiguió muchos aplausos, las féminas la miraban sin entender demasiado, la mayoría se encontraba contenta con su suerte, y los pocos hombres que habían acudido, salían de la sala protestando por tanta sandez.

Al fin los rifeños fueron reducidos y los hombres volvieron a sus casas.

*     *     *

María y Gabriel se afianzaban cada vez más en su amor y en el deseo de unir sus vidas para tejer juntos el futuro. Ultimaban los preparativos de la boda, pensaban que sería necesario instalarse en la casa de ella, pues el padre necesitaba que lo atendieran y no podía ser otra que  su hija.

Los viajes de Leopoldo a Málaga continuaban y esta relación proporcionaba a nuestro personaje la satisfacción de sus necesidades de afectividad y sexo.

Una noche, María se disponía a acostarse, con la casa a oscuras y caminando a tientas por el pasillo hacia su habitación sintió un fuerte empujón en la espalda, se volvió asustada, comprobando que nada ni nadie le había tocado. El corazón le dio  un vuelco y exclamó:

-¡La tía ha muerto!

Despertó a Leocadio.

-¡Padre, padre, mi tía ha muerto! -le dijo llorando amargamente.

-¿Pero que dices? Habrás tenido una pesadilla.

-No padre, estaba despierta, no me había acostado aún, lo sé, lo he sentido.

Varios días después llegaba una carta de la tía Inés despidiéndose. Decía encontrarse muy débil e internada en un hospital. Prometía a la sobrina acompañarla y cuidarla desde el cielo todos los días de su vida. Le dejaba la casa y todo lo que ésta contenía.

*     *     *

Dos semanas más tarde volvía María a pisar su tierra natal, sola esta vez, tras siete años de ausencia. ¡Setenta veces siete! le parecían. El viaje por mar fue hermoso pero más triste, porque le faltaban la ingenuidad y la capacidad de sorpresa con la que hizo su primera travesía,  además sentía el vacío que suponía no encontrar al llegar, el recibimiento de la tía Inés.

En el pueblo todo seguía igual. Los vecinos la visitaron, unos por cariño hacia el recuerdo de su tía y de su madre y otros por curiosidad. Manuel y Regina le contaron sobre la enfermedad de Inés, que según ellos provenía de la tristeza que la invadió después de que huyeran, y de cómo había muerto llamándola. Recordaban que cuando la justicia buscó a su padre, las pesquisas se cerraron rápidamente, dado que el muerto resultó ser un criminal y todos los testigos declararon, que Leocadio había actuado en defensa propia.

Ella les contó su noviazgo y el motivo de su regreso a Melilla:

-Allí están mi padre y Gabriel y allí está ahora mi hogar.

Visitó la tumba de su madre, donde también reposaban los restos de Inés. Mandó tallar en la lápida una inscripción nueva. Rezaba así: "Fuisteis y seréis siempre mis ángeles".

Recobró los dibujos hechos a su madre durante la enfermedad y después de muerta, guardados durante tantos años. Mandó embalar los muebles y enseres que deseaba llevar a Melilla y como consiguió vender la casa muy pronto, regresó a su hogar,  a su padre y a Gabriel.

FIN

Palma: abril - 2011

servido por María Rosa 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

TERESA santomil gonzalez

TERESA santomil gonzalez dijo

Te sigo como siempre......... saludos

2 Mayo 2011 | 02:30 PM

María Rosa Comas Cerdá

María Rosa Comas Cerdá dijo

Muchas gracias, Teresa. Un beso.

2 Mayo 2011 | 07:01 PM

Escribe tu comentario


Crea tu blog gratis en La Coctelera