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La Coctelera

mrcomas

19 Agosto 2011

EL MERCADO

Cuando entro al Mercado Central de mi ciudad, mi primera sensación es la de encontrarme en un ambiente de serios profesionales de la oferta y la demanda de productos selectos, bellos, coloristas, olorosos y de gran importancia para los seres humanos. Se percibe la eficiencia del que vende y del que compra. No hay grandes voces ofertando la mercancía, ni excesivas conversaciones, se habla lo justo, se gesticula lo justo, se sonríe lo justo. El comprador mira reflexivo la mercancía: hermosos montículos de frutas y hortalizas de la temporada, ahora: vistosas sandías cortadas en mitades y en cuartos, recubiertas de un finísimo y transparente film ofrecen su dulce y roja carne sobre el cuenco de su propia corteza junto a los melones de suaves dorados, la mayoría encerrados aún en su oval figura y su monacal color, ciruelas, cerezas, manzanas, plátanos, emplumadas piñas, albaricoques y su amplia variante de hermanamientos con ciruelas y melocotones, manojos de estilizadas zanahorias y tiernos rabanitos, que de la severa tierra extrajeron sus bellos colores, de puerros, cebolletas, acelgas, espinacas, coles redondas como cabezas concienzudas, coliflores con vocación de nubes, distintos tipos de cebollas, artísticos collares de ajos...Toda una promesa de apetitosos olores y sabores en la mesa. El comprador piensa mientras observa qué desea comer ese día, se decide y compra. El vendedor estudia a su cliente mientras espera con una sonrisa. Una abuela con una pequeña de unos dos años, pregunta a la nieta si quiere algo, la chiquilla señala unas cajitas de plástico con cerezas de gran tamaño e intenso color, casi moradas, y antes de que la abuela se pronuncie, la joven que las atiende avisa: "A 13,50 € el kilo" y se encoje de hombros como disculpándose. "Póngame una docena -responde la abuela- las compraremos como si fuesen bombones"

Casi sin anunciarse aparece algún puesto de frutos secos, que por secos han de resultar más sabrosos y dulces, en una variedad inaguantable para la voracidad del que los mira; hasta allí llegan los olores de la panadería con sus tentadores bollos y bizcochos, cerca una tienda de productos dietéticos para los que se cuidan de una forma especial, otra de vinos: acompañante imprescindible para comensales gozosos por el festín. Y aparecen las carnicerías, pollerías, casquerías... muy iluminadas e impecables, nos prometen un abanico casi inagotable de sabores y sustancias para cualquier guiso o asado. Mientras dure su cocción nuestra cocina repartirá sus tentadores olores por el resto de la casa, dejando escapar por la ventana lo que en la casa no quepa. Y muy cerca la charcutería: una veintena de jamones colgados, de distintas procedencias y precios, y otros abiertos para ir sirviendo; y como rey: el de la jamonera, veteado y de intenso perfume con su cuchillo siempre presto y experto para deleite del paladar, presidiendo el expositor que cubren los embutidos: lomos, salchichones, butifarras, sobrasadas y muchos otros. A continuación el reino de los quesos, ¿qué decir de los quesos aquí? Ellos necesitan un capítulo aparte por su variedad, sus formas y sus sabores. Muy cerca el puesto las aceitunas, verdes y negras, y otros encurtidos, dispuestos en lebrillos esmaltados, aliñados con ajos, laurel, romero, hinojo: muy buenos como entremeses, y muy buenos en sí mismo acompañados de un trozo de pan y un vaso de vino tinto.

El pescado exige una nave completa, un gran apéndice del resto del mercado. El mar Mediterráneo, a pesar del mal trato que le damos, sigue siendo generoso con nosotros, cada mañana llena las mesas de piedra de los puestos con relucientes y recién pescados (aún duros y tiesos), peces de muchas especies, desde el sabroso atún rojo y el afamado mero: rapes, merluzas, rayas, sardinas, jureles, caballas, calamares, pulpos, crustáceos, moluscos y un largo etcétera. Es un fantástico espectáculo pasear  por sus cuatro corredores, con los ojos muy abiertos para no perderse ningún ejemplar. Naturales y extranjeros lo visitan a diario. El quinto corredor está dedicado a productos de mar envasados, y aún completan la nave dos puestos de comida japonesa y un bar con alguna mesa para tomarse un vino o una cerveza acompañando a unos calamares tiernos y unos boquerones, o sardinitas, bien fritos y calentitos.

Al llegar a este punto, no puedo dejar de pensar en lo que significa alimentarse, o mejor: "comer", para el hombre. Y como cuando éramos niños y se bendecían los alimentos que íbamos a comer, añadíamos: "y dáselos a quien no los tiene", ahora añado: "que sepamos y trabajemos por una meta: hacer desaparecer el hambre de la tierra". El hambre es una injusticia vergonzosa... ¡asquerosa!

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